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DERRIDA Y EL RO ROBO DE LA JO JOYA

Rafael Villagrá, Ingeniero, Antropólogo y especialista en culturas empresariales

Derrida nos incito a desconfiar de los edificios conceptuales demasiado sólidos.

Allí donde creíamos encontrar identidades estables, significados evidentes, fronteras nítidas o fundamentos sólidos, Derrida descubría grietas. Nos enseñó que aquello que parecía natural había sido construido; que toda identidad necesitaba diferenciarse de algo para poder afirmarse; que todo centro producía inevitablemente una periferia.

Pero deconstruir nunca significó simplemente destruir.

La deconstrucción consistía en entrar dentro de nuestras construcciones conceptuales y descubrir las tensiones que las sostenían: verdadero/falso, normal/anormal, propio/extraño, identidad/diferencia, centro/periferia. Mostrar que esas oposiciones nunca eran tan limpias como parecían.

Uno de los conceptos más poderosos de Derrida, la différance, señala precisamente esto: el significado nunca se encuentra completamente presente en una palabra o en una identidad. Somos lo que somos por nuestras diferencias con aquello que no somos y, al mismo tiempo, nunca terminamos de coincidir enteramente con nosotros mismos, siempre hay algo que no cierra, y que es lo único importante.

Toda identidad conserva así la huella de aquello que pretende dejar fuera. Lo nuestro contiene algo de lo otro; el interior necesita del exterior; el yin del yang.

También los límites cambian entonces de naturaleza. La frontera no es una línea que separa dos mundos perfectamente definidos, ni nunca lo ha sido. El límite separa, pero también relaciona. Es un limen transformativo. Y es precisamente en esos márgenes donde Derrida nos obliga a pensar.

Nos enseñó, en definitiva, a poner en cuestión nuestras certezas.

Pero nos dejó una dificultad extraordinaria.

Nos enseñó magníficamente a desmontar edificios conceptuales, pero nunca quiso entregarnos los planos definitivos del edificio que debía sustituirlos.

Quizá no podía hacerlo. Proporcionar un nuevo sistema cerrado habría significado levantar otra metafísica, otra certeza, otro centro destinado algún día a ser nuevamente deconstruido.

Derrida nos dejó pistas, pero no planos.

Y aquí resuena inevitablemente Nietzsche. El loco se pregunta, después de anunciar la muerte de Dios: «¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte?»

La pregunta es formidable porque no se refiere únicamente a la desaparición de Dios. Pregunta qué sucede cuando desaparece aquello que había proporcionado orientación, suelo, marco.

¿Qué ocurre después de borrar el horizonte?

¿Qué sucede cuando descubrimos que nuestras verdades, identidades, instituciones y relatos colectivos no descansaban sobre fundamentos tan absolutos como habíamos creído?

Una cultura puede aprender a deconstruir mucho más rápidamente de lo que aprende a reconstruir.

Podemos demostrar que una identidad es contingente, que una tradición contiene exclusiones, que una frontera podría haberse trazado de otra manera o que un relato común dejó voces fuera.

Pero después aparece una pregunta mucho más difícil:

¿qué mantiene unida una sociedad cuando hemos deconstruido los relatos que anteriormente la mantenían unida?

Aquí comienza también el problema político.

Porque una cosa es utilizar la deconstrucción para comprender la complejidad de nuestras identidades y otra muy diferente convertir esa fragilidad en una herramienta de confrontación.

Tenemos una clase política que en su mayor parte raya la indigencia intelectual, que se apuntan a deconstruir, sin el menor talento para volver a montar las piececitas…… y así nos va.

Cuando el sabio apunta hacia la luna el imbécil mira el dedo.

La política de la crispación necesita simplificar precisamente aquello que Derrida había complicado.

Necesita saber quiénes somos nosotros y quiénes son ellos.

Necesita fronteras emocionales claras.

Necesita sustituir el y por el o.

Identidad o diferencia, tradición o cambio, pertenencia o apertura, nosotros o ellos.

Cuando probablemente una sociedad democrática solo puede sobrevivir habitando ese incómodo y: identidad y diferencia, límites y apertura, pertenencia y alteridad, continuidad y transformación.

Ahí aparece una paradoja extraordinaria.

Una filosofía que mostró que ninguna identidad es completamente pura puede acabar vulgarizada por una política que necesita fabricar identidades cada vez más rígidas, volver a luchar guerras pasadas, hacer del perdón generoso de una generación, odio y rencor.

Porque la complejidad moviliza poco. El matiz difícilmente produce indignación. Y reconocer algo de nosotros mismos en quien piensa diferente hace mucho más difícil convertirlo en enemigo.

Derrida utilizó además otro concepto fundamental: la indecidibilidad.

No significa que no podamos decidir. Significa que las decisiones verdaderamente importantes nunca pueden resolverse completamente mediante una fórmula. Siempre queda incertidumbre, riesgo y responsabilidad, eso que no cierra.

La política puede reconocer esa dificultad o puede ofrecer algo emocionalmente mucho más poderoso: certezas.

Nosotros tenemos razón.

Ellos son el problema.

Si nosotros perdemos, ganan ellos.

Y entonces la diferencia deja de ser différance y comienza a convertirse en enemistad.

El adversario deja de ser alguien con quien compartimos un mundo, aunque discrepemos sobre cómo organizarlo, y comienza a presentarse como alguien de quien debemos defendernos.

Es ahí donde la crispación puede convertirse en una herramienta política absolutamente eficaz: cuando mantener abierta la herida moviliza más que intentar cerrarla.

Una sociedad reconciliada genera menos tensión emocional que una sociedad convencida de encontrarse permanentemente amenazada. La política corre entonces el riesgo de dejar de manejar el conflicto para comenzar a necesitarlo.

Cada elección puede presentarse ya no como una elección entre proyectos distintos, sino como una batalla definitiva entre dos mundos incompatibles.

Y las batallas definitivas tienen una característica peculiar: nunca terminan. Después de una comienza inmediatamente la siguiente.

Pero sería injusto responsabilizar a Derrida de este fenómeno. Son tipos como el del RO robo de la JO joya los que han traído esta nueva política para tapar sus carencias y sus miserias.

En realidad, ocurre casi lo contrario.

Donde la política polarizadora necesita identidades puras, Derrida encontraba contaminación; donde necesita fronteras infranqueables, encontraba límites porosos; donde necesita certezas absolutas, encontraba indecidibilidad; donde necesita un otro completamente exterior, encontraba su huella dentro de nosotros mismos.

Quizá nuestro problema no sea entonces haber llevado demasiado lejos la deconstrucción.

Quizá la abandonamos a mitad del camino.

Aprendimos a desmontar nuestras antiguas certezas, pero no aprendimos a vivir sin certezas absolutas. Cuestionamos viejas identidades y construimos inmediatamente otras nuevas. Derribamos fronteras intelectuales para levantar fronteras emocionales.

Deconstruimos al adversario y terminamos construyendo al enemigo.

Nietzsche preguntó quién había borrado el horizonte. Derrida nos enseñó que incluso los horizontes están construidos.

Nuestra pregunta comienza después:

¿cómo construir horizontes comunes sabiendo ya que ningún horizonte será definitivo?

Tal vez esa sea la tarea que Derrida dejó pendiente.

No regresar ingenuamente a las viejas certezas ni renunciar a la deconstrucción, sino aprender a reconstruir después de ella, a vivir en el abismo.

Construir identidades sabiendo que nunca serán puras; límites sabiendo que nunca serán limites; instituciones sabiendo que errarán; relatos comunes sabiendo que nunca podrán contenernos del todo.

Y, sobre todo, construir una comunidad en la que el adversario siga siendo alguien con quien tendremos que convivir mañana.

Tal vez Derrida no nos dejó los planos porque sospechaba de todos los planos definitivos.

Nos dejó algo mucho más incómodo: la responsabilidad de seguir construyendo, sabiendo que toda construcción tendrá grietas.

Nietzsche nos mostró el vértigo de quedarnos sin horizonte.

Derrida nos enseñó a descubrir las grietas de cualquier horizonte que construyamos.

Nuestro desafío es aprender a construir sin convertir grietas en trincheras.