Rafael Villagrá, Ingeniero, Antropólogo y especialista en culturas empresariales.
Después de estar en Nápoles, uno regresa con una impresión difícil de ordenar: quizá todavía quede esperanza para Europa.
No para la Europa institucional, administrativa y satisfecha de sí misma, sino para otra Europa más antigua, más corporal y más humana. Una Europa anterior a la obsesión por regular cada movimiento, prevenir cada riesgo y convertir la convivencia en un protocolo. Frente a la Europa fría y normativa que asfixia, Nápoles conserva algo de aquello que fuimos y que, tal vez sin darnos cuenta, estamos dejando de ser.
La ciudad desconcierta porque no se comporta como se espera de una ciudad europea moderna. Es ruidosa, excesiva, imprevisible y, en ocasiones, incómoda. Las motocicletas atraviesan calles imposibles, los coches parecen negociar las prioridades sobre la marcha y las conversaciones se desarrollan con una intensidad que, desde fuera, puede confundirse con una disputa.
Pero quizá el error consista precisamente en mirar Nápoles desde fuera.
En otras ciudades europeas, el insulto supone una ruptura de la convivencia. En Nápoles puede ser parte de ella. No porque toda palabra ofensiva sea inocente ni porque la agresividad haya desaparecido, sino porque el lenguaje áspero, la protesta y el gesto exagerado forman parte de una sociabilidad en la que los seres humanos todavía se afectan unos a otros.

El insulto puede ser, en determinados contextos, un acto relacional.
Se insulta a quien está presente, a quien ocupa un lugar, a quien interfiere en nuestra trayectoria. El insulto reconoce al otro incluso cuando lo rechaza. La indiferencia, en cambio, es más limpia, más educada y quizá también más deshumanizadora.
En buena parte del Mediterráneo, la relación social no se construye exclusivamente mediante la cortesía, sino también mediante la fricción. Se discute, se protesta, se interrumpe, se gesticula. El conflicto no siempre conduce a la violencia física. Muchas veces queda absorbido por la palabra, el tono y el teatro de la calle.
Dos personas pueden gritarse durante varios minutos y continuar después con su vida. La tensión ha sido expresada y consumida. No se ha archivado en un formulario ni se ha convertido en un resentimiento silencioso. Ha encontrado una salida corporal y verbal.
El claxon de los coches participa de esa misma lógica.
En la Europa ordenada, la bocina es una excepción. Debe utilizarse únicamente cuando la norma lo permite. En Nápoles, el claxon habla. Avisa, protesta, pregunta, saluda, exige paso y proclama la propia presencia.
Un toque breve puede significar “voy a pasar”. Otro puede decir “te he visto”. Una sucesión insistente expresa impaciencia, enfado o simplemente la necesidad de participar en la conversación general de la ciudad.
El tráfico napolitano no parece organizado solo por señales y prioridades. Funciona también a través de una negociación permanente entre conductores, peatones, motociclistas y comerciantes. El espacio urbano no está completamente definido de antemano: se construye en cada encuentro.
Desde fuera, todo parece caótico. Sin embargo, no se trata de una ausencia total de orden, sino de un orden distinto: flexible, inmediato y relacional. Allí donde otras sociedades confían exclusivamente en la norma, Nápoles todavía confía en la capacidad humana de percibir al otro, interpretar sus gestos y responder.
La Europa contemporánea, en cambio, parece empeñada en eliminar toda incertidumbre.
Queremos que cada situación esté prevista, que cada comportamiento tenga su procedimiento y que cada conflicto pueda resolverse mediante una instancia técnica. La técnica se presenta como una promesa de seguridad, eficacia y neutralidad. Pero cuando la técnica se convierte en la única forma legítima de relacionarnos con el mundo, la verdad queda sometida a la certeza.
Ya no preguntamos qué es verdadero, bueno o justo, sino qué puede demostrarse, medirse, verificarse y administrarse. Lo verdadero acaba reducido a aquello que puede expresarse mediante un dato, una norma o un protocolo.
Así, la certeza técnica desplaza a la experiencia.
La ciudad deja de ser un espacio vivido y pasa a ser un sistema que debe gestionarse. El ciudadano deja de ser un sujeto capaz de juicio y se convierte en un usuario que sigue instrucciones. Incluso la convivencia se transforma en una sucesión de reglas destinadas a impedir que tengamos que interpretar, decidir o responsabilizarnos.
La técnica desgraciadamente no solo organiza el exterior, sino que también acaba determinando nuestra interioridad.
Cada vez confiamos menos en nuestra percepción, en nuestra intuición y en nuestra capacidad para conducirnos. Buscamos instrucciones para comer, dormir, amar, educar a nuestros hijos, hacer ejercicio, viajar o descansar. Antes de preguntarnos qué deseamos, consultamos qué hacen los demás, qué recomienda el experto o qué tendencia domina las redes.
La gente ha dejado de escucharse a sí misma para escuchar únicamente a los demás con el fin de conducirse.
Pero los demás tampoco hablan desde sí mismos. Repiten las recomendaciones que han escuchado, las opiniones que circulan y los comportamientos que reciben aprobación social. De este modo, una multitud aparentemente conectada puede estar formada por individuos cada vez más alejados de su propia experiencia.
Se vive mirando hacia fuera.
La paradoja es que nunca hemos tenido tanta información sobre cómo deberíamos vivir y, sin embargo, pocas veces hemos sentido tanta dificultad para saber cómo queremos hacerlo.
Nápoles no resuelve este problema. Tampoco debe idealizarse. La ciudad tiene desigualdad, abandono, violencia y contradicciones profundas. Convertirla en una postal de autenticidad sería una forma más de no comprenderla.
Sin embargo, conserva algo que otras ciudades europeas parecen haber perdido: la capacidad de vivir sin traducir inmediatamente toda experiencia a una norma.
En Nápoles, la calle todavía exige atención. No basta con obedecer señales. Hay que mirar, escuchar, anticipar y negociar. El individuo no puede refugiarse completamente en el procedimiento porque la realidad aparece siempre con un margen de imprevisibilidad.
Esta incertidumbre puede resultar agotadora, pero también obliga a estar presente.
Quizá por eso la ciudad transmite una vitalidad que no procede de su prosperidad ni de su eficacia, sino de la intensidad con la que sus habitantes ocupan el mundo. En Nápoles, la existencia aún se manifiesta en la voz, en el cuerpo, en la proximidad y en el conflicto.
La Europa fría y normativa ha confundido muchas veces la civilización con la eliminación de todo roce. Ha querido una sociedad sin ruido, sin riesgo, sin ambigüedad y, en el fondo, sin demasiada vida.
Pero una comunidad completamente higienizada puede terminar pareciéndose demasiado a una sala de espera: todo está correctamente dispuesto, nadie molesta a nadie y, sin embargo, nada verdadero sucede.
Nápoles recuerda que la convivencia no consiste siempre en evitar al otro. A veces consiste en soportarlo, responderle, discutir con él y continuar caminando juntos.
El insulto, la bocina, el gesto y la protesta forman parte de una cultura en la que la relación todavía conserva temperatura. No toda aspereza es violencia ni toda cortesía representa respeto. Existen silencios que humillan más que un grito y distancias educadas que destruyen más vínculos que una discusión.
Después de estar en Nápoles, uno comprende que Europa no necesita únicamente más seguridad, más eficiencia ni más regulación. Necesita recuperar cierta confianza en la vida, en el juicio y en la capacidad de los individuos para relacionarse sin que una norma medie constantemente entre ellos.
Tal vez la esperanza de Europa no se encuentre en sus ciudades más ordenadas, sino en aquellos lugares donde todavía sobreviven el exceso, la contradicción y la presencia.
Nápoles no nos enseña a vivir diferente, nos recuerda que todavía estamos vivos.