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Pensamientos cancelables 1.0

Artículos de un ejemplar fuera de norma

Zygmunt Bauman explicó que habíamos pasado de una sociedad sólida a una modernidad líquida. Las instituciones, los vínculos, el trabajo, la familia y hasta la propia identidad habían perdido su antigua consistencia. Todo comenzaba a fluir, a cambiar de forma, a adaptarse al recipiente que momentáneamente lo contenía.

Creo que Bauman se quedó corto.

Después de lo sólido llegó lo líquido, sí, pero ahora estamos entrando en la edad gaseosa. Y lo gaseoso es todavía más difícil de contener: carece de forma, se expande, invade todos los espacios y termina por hacerse irrespirable. En la modernidad gaseosa nada permanece el tiempo suficiente como para poder ser comprendido. Las ideas se evaporan, las identidades se condensan y vuelven a desaparecer, las opiniones se inflaman y la memoria colectiva se dispersa en una nube de contenidos.

Nuestra cosmovisión no está simplemente cambiando: está explotando.

Estamos perdiendo las formas y también los fondos. Las formas sin fondo podían ser hipocresía, pero el fondo sin formas es barbarie. Nosotros hemos conseguido reunir lo peor de ambos mundos: nos hemos quedado sin formas y, al mismo tiempo, sin fondo.

Antes existían ciertos códigos, límites y convenciones. No siempre eran justos y muchas veces ocultaban desigualdades, silencios y abusos. Pero al menos había una conciencia compartida de que no todo daba igual. Hoy, en cambio, la vulgaridad se presenta como sinceridad; la ignorancia, como espontaneidad; la grosería, como autenticidad, y la incapacidad para mantener la palabra dada, como flexibilidad.

No hemos derribado las convenciones para vivir con mayor verdad. Las hemos sustituido por eslóganes fáciles de repetir, al alcance del imbécil de turno.

Hoy he visto en un programa de televisión a tres jóvenes. Tenían estudios, trabajo y ese aspecto perfectamente integrado de quien ha aprendido a desenvolverse en el mundo contemporáneo. En un momento determinado se mencionó a Julio Verne. A ninguno de los tres le sonaba.

No es que no hubieran leído Veinte mil leguas de viaje submarino, Viaje al centro de la Tierra o La vuelta al mundo en ochenta días. Eso podría entenderlo perfectamente: nadie puede leerlo todo. Es que ni siquiera identificaban el nombre.

Julio Verne no les sonaba. MANDA HUEVOS que diría Trillo.

Lo verdaderamente inquietante no es la laguna cultural de tres personas concretas. Todos tenemos lagunas y algunas son verdaderos océanos. Lo inquietante es que esa ignorancia ya no produce extrañeza ni un mínimo pudor. Se exhibe con la misma naturalidad con la que se anuncia una intolerancia a la lactosa:

—No me suena.

Y la conversación continúa.

Alguien dirá que cada generación tiene sus propios referentes. Es cierto. Pero una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre referencias generacionales, memes privados y celebridades con fecha de caducidad. Necesita una memoria común, un suelo cultural desde el que sea posible dialogar, discutir y hasta rebelarse. Para destruir una tradición con algún sentido, primero hay que conocerla. Si cada generación comienza desde cero, no tenemos progreso: tenemos amnesia y repeticion.

La cultura ha dejado de ser una aspiración compartida para convertirse en una afición particular. Leer a Julio Verne, conocer a Velázquez o saber quién fue Sócrates se considera hoy una preferencia personal, semejante al pádel, la cocina tailandesa o el coleccionismo de zapatillas. No saber nada de todo ello ya no incapacita a nadie para pontificar sobre el mundo. Se trata de tu a Don quijote y a Don Miguel de Cervantes le citan como el manco de Alcalá, o mejor el manco fascista (porque estuvo en una guerra… de la que tampoco recuerdan el nombre). Basta con poseer una opinión, una cámara delante y la suficiente seguridad para no sospechar de la propia ignorancia. La idiotez al poder.

Mientras perdemos el fondo cultural, también desaparecen las formas.

Interior de perfumería brillante con estética de casino y figuras institucionales entre espejos

Basta caminar por el centro de cualquier ciudad. Hoy resulta difícil distinguir una perfumería de un puto casino de Las Vegas. Pantallas gigantes, luces intermitentes, música estridente, letras doradas, vapores aromáticos y frascos iluminados como apariciones marianas. Las dependientas se abalanzan sobre el cliente antes de que este haya podido recordar qué demonios había entrado a comprar.

En la puerta deberían colocar un cartel: Prohibida la entrada a epilépticos.

Todo tiene que llamar nuestra atención, estimularnos, excitarnos y prometer una experiencia inolvidable. La mercancía ya no se limita a estar expuesta: tiene que agredirnos. Hemos construido una sociedad incapaz de convivir con el silencio, la penumbra, la lentitud y la discreción, lo verdadero tapa la VERDAD.

Si un producto no brilla, parpadea, canta y promete transformar nuestra identidad, parece que no existe. Ya no compramos un perfume. Compramos una experiencia sensorial, una narrativa personal, una forma de empoderamiento y, si nos descuidamos, hasta un propósito vital, ya nadie sale a cenar, saca fotos de cada plato para “compartirlo en redes”, hay que joderse, donde quedo el paladear algo en silencio, compartir una cena y una conversación.

La política y las grandes instituciones han seguido el mismo camino. También se han convertido en escenarios deslumbrantes detrás de los cuales apenas queda nada. Se multiplican las declaraciones solemnes, los códigos éticos, las comisiones de transparencia, los planes estratégicos y los departamentos de responsabilidad social. Mientras tanto, las decisiones importantes se toman en despachos cerrados, restaurantes discretos, consejos de administración y palcos presidenciales.

La FIFA, con sus intermediarios, comisionistas y delincuentes de cuello blanco, resulta moralmente indistinguible de la mafia calabresa. Lo mismo ocurre cuando contemplamos a expresidentes, ministros imputados —o investigados, según el pudor terminológico de nuestro tiempo— que continúan en sus cargos y siguen impartiendo lecciones de honradez pública.

Naturalmente, existe la presunción de inocencia. Pero una cosa es la responsabilidad penal y otra muy distinta la responsabilidad política, publica. Nadie debe ser condenado sin pruebas, pero continuar en el cargo no constituye un derecho fundamental.

Cambian los trajes, los modales y los escenarios, pero no necesariamente los mecanismos. Unos operan en un sótano; otros, en un hotel de cinco estrellas, un palco presidencial o un consejo de ministros. Unos llevan pistola; otros, acreditación institucional, coche oficial y tarjeta de visita. O lo que es mejor aún, como la chica de Sabiniano, que paso de contar felaciones en saunas y pagar en B a primera dama con catedra en propiedad.

Reconozco que, puestos a elegir, prefiero a los gánsteres tradicionales.

Me gustan las cosas simples: el delincuente con pistola y gabardina; el que no necesita crear una fundación, organizar un congreso sobre valores o pronunciar un discurso acerca de la transparencia antes de vaciarte los bolsillos. Al menos aquel sabía que era un delincuente. No pretendía estar trabajando por el bien común.

El problema de nuestra época no es únicamente la corrupción, sino su capacidad para disfrazarse de virtud. La mafia contemporánea habla de gobernanza. El censor habla de protección. El oportunista habla de derechos. El propagandista habla de información. El ignorante habla de su verdad. Y todos ellos utilizan un vocabulario moral tan impecable que uno tarda algún tiempo en descubrir que le han robado la cartera.

En la edad gaseosa, las palabras ya no se utilizan para describir el mundo, sino para corregirlo hasta que coincida con el discurso autorizado. Si la realidad resulta incómoda, no se modifica la realidad: se modifica el diccionario.

Incluso las preferencias más íntimas parecen necesitar ahora una justificación filosófica.

Quizá el problema sea que hemos confundido el respeto con la obligación de negar lo que vemos; la tolerancia, con la desaparición de cualquier límite, y la libertad, con la imposibilidad de pronunciar una frase que pueda incomodar a alguien.

No estoy reclamando el regreso a una sociedad rígida, autoritaria e hipócrita. El mundo sólido de nuestros padres y abuelos también estaba lleno de injusticias, silencios y exclusiones. Pero entre la rigidez de lo sólido y la evaporación de lo gaseoso debería existir algún lugar habitable. Un espacio en el que las cosas puedan cambiar sin perder por completo su significado.

Porque una sociedad necesita conservar ciertas formas: saludar, escuchar, agradecer, pedir permiso, guardar silencio, vestirse de acuerdo con la ocasión, respetar la palabra dada y aprender a convivir con personas que no piensan como nosotros.

Pero también necesita algún fondo: memoria, cultura, criterio, responsabilidad y una mínima capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, lo importante de lo accesorio, una obra de arte de una campaña publicitaria y un servidor público de un gánster con departamento de comunicación.

Tal vez yo mismo este cayendo en la obsolescencia. Un ejemplar fuera de norma.

Me gustan los libros que pesan, las conversaciones que no caben en un mensaje, los restaurantes donde todavía se puede escuchar a la persona que tienes enfrente y los delincuentes que no imparten conferencias sobre ética empresarial. Me gustan las cosas que conservan una forma reconocible y las palabras que todavía significan algo.

Y sí: a mí me gustan las mujeres sin pene, llámame tiquismiquis.

El pasado es la base sobre la que se forman las condiciones de posibilidad que seremos en el futuro. Ni podemos ni debemos idealizarlo, es el ancla al que recurrimos cuando nos perdemos, cuando necesitamos un espacio, un tiempo un des-pacio Me conformaría con recuperar una cierta densidad en él. Con que la cultura volviera a ser algo más que contenido; la política, algo más que representación; la identidad, algo más que una declaración, y las ciudades, algo más que una sucesión de escaparates histéricos.

Y con poder entrar a comprar una colonia sin sentir que estoy a punto de jugarme la casa al rojo.

Pues eso, lo escrito ya es perfectamente cancelable, así que quedo esperando un Blade runner.