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La IA y la nueva edad de oro de la filosofía.

Rafael Villagrá, Ingeniero, Antropólogo y especialista en culturas empresariales

Decimos, desde Aristóteles, que la filosofía nació del asombro. La fórmula es hermosa y probablemente cierta, pero corre el riesgo de ocultar una condición menos noble y bastante más material: para asombrarse hay que disponer de tiempo. Hay que poder detenerse. Hay que levantar la cabeza.

Nadie contempla el ser mientras huye del hambre. Nadie se pregunta serenamente por la justicia cuando toda su inteligencia está ocupada en encontrar refugio, alimento o protección. Antes de que el mundo pueda aparecer como misterio, debe dejar de presentarse únicamente como amenaza.

Los griegos filosofaron porque algunos griegos pudieron permitirse no trabajar de manera continua. La ciudad sostuvo su pensamiento mediante una división radical entre quienes participaban de la vida pública y quienes garantizaban materialmente su existencia. Esclavos, mujeres, extranjeros y trabajadores manuales cargaron con la necesidad para que una minoría pudiera entregarse a la palabra, la política y la contemplación.

Resulta incómodo decirlo. La democracia ateniense y la filosofía occidental florecieron dentro de una sociedad esclavista. Esto no significa que la esclavitud produjera por sí misma a Sócrates o a Platón, ni que deba ser justificada retrospectivamente. Significa algo más perturbador: históricamente, el tiempo liberado de unos ha dependido del tiempo sometido de otros.

La historia del pensamiento es también una historia de la distribución del tiempo.

Sócrates podía caminar por las calles de Atenas preguntando a sus conciudadanos qué era la justicia o en qué consistía una vida buena porque no estaba sujeto a una jornada de oficina, a una bandeja de entrada, a un calendario de reuniones o a una sucesión interminable de trámites. La filosofía nació del asombro, sí, pero también de la disponibilidad.

La palabra griega scholé, de la que procede «escuela», no designaba originalmente una institución ni un programa de estudios. Designaba el ocio, la interrupción de la necesidad, el tiempo que se abre cuando la supervivencia deja de ocuparlo todo.

La escuela nació, al menos idealmente, como el lugar en el que el mundo podía ser contemplado sin urgencia.

El Lazarillo y Sócrates

Nuestro refranero conserva dos intuiciones aparentemente opuestas. Por una parte, «el hambre agudiza el ingenio». Por otra, «de la panza sale la danza».

Las dos expresan una verdad.

La necesidad vuelve astuto. Quien carece de lo imprescindible aprende a observar, engañar, improvisar y anticiparse. El Lazarillo de Tormes es el gran personaje de esa inteligencia obligada a sobrevivir. Su saber no nace del asombro, sino del estómago vacío. No se pregunta por el bien, sino por el próximo pedazo de pan.

Pero el ingenio del Lazarillo no es todavía la filosofía de Sócrates.

El Lazarillo se pregunta cómo conseguir el pan. Sócrates puede preguntarse qué es la justicia de un mundo en el que unos poseen el pan y otros dependen de la astucia para alcanzarlo. Uno resuelve la urgencia. El otro interroga las condiciones de la existencia, del ser.

Ambos piensan, pero no piensan desde el mismo lugar.

El hambre puede agudizar el ingenio, pero también contrae el horizonte. La necesidad nos obliga a vivir pegados a lo inmediato. Cuando toda la atención se concentra en sobrevivir, apenas queda espacio para preguntarse por la belleza, la verdad o la muerte.

Por eso de la panza sale la danza. Solo cuando la vida afloja su presión aparecen el juego, la música, la conversación sin propósito, el amor no calculado y el pensamiento que no busca inmediatamente un rendimiento.

La necesidad produce inteligencia instrumental.

El ocio puede producir mundo.

La cultura nace también del tiempo perdido

Nos gusta explicar las grandes épocas culturales mediante la aparición de individuos excepcionales. Hablamos de genios, de dones, de momentos irrepetibles. Pero ningún genio nace fuera de una determinada arquitectura social.

El pensamiento griego, el Renacimiento italiano, la Ilustración o las vanguardias del siglo XX no fueron solamente concentraciones fortuitas de talento. Fueron también momentos en los que determinados grupos dispusieron de educación, estabilidad, espacios de encuentro y tiempo para leer, viajar, conversar, crear y fracasar.

La cultura necesita instituciones, pero necesita igualmente horas sin destino.

Algo parecido ocurrió con la edad de oro de la música popular británica. La explosión del rock y del pop durante las décadas de 1960 y 1970 no puede explicarse únicamente por la súbita aparición de músicos extraordinarios. También fue posible por el crecimiento de una clase media y trabajadora con acceso a la educación, al consumo cultural y a formas nuevas de ocio juvenil.

Los jóvenes podían reunirse en garajes, ensayar durante tardes enteras, escuchar discos, formar grupos y equivocarse sin que cada minuto tuviera que justificar su productividad.

Había aburrimiento.

Y el aburrimiento, que hoy tratamos como una avería, fue durante siglos una puerta de entrada a la imaginación.

De aquel tiempo aparentemente desperdiciado surgió una parte decisiva de la cultura contemporánea. Los Beatles, Pink Floyd,  Rolling Stones, The Who o David Bowie no fueron únicamente individuos dotados. Fueron también hijos de una sociedad que, durante un breve periodo, permitió a muchos jóvenes disponer de tiempo improductivo.

La creatividad necesita recursos, pero también necesita demora. Necesita que algo pueda comenzar sin que sepamos todavía para qué servirá.

Quizá las grandes obras nazcan precisamente allí donde la sociedad deja de exigir una utilidad inmediata.

La expropiación del tiempo

La modernidad tecnológica prometió liberar al ser humano del esfuerzo. Las máquinas debían asumir el trabajo pesado para que nosotros pudiéramos vivir mejor.

Sin embargo, cada avance que parecía destinado a ahorrar tiempo ha terminado exigiéndonos una nueva forma de disponibilidad.

Trabajamos más rápido, pero no necesariamente menos. La automatización simplifica tareas y, al mismo tiempo, multiplica los objetivos. Contestamos mensajes a cualquier hora. Comemos mientras leemos noticias. Caminamos mientras escuchamos audios. Descansamos mientras consumimos contenidos.

El tiempo liberado por la técnica es inmediatamente colonizado por nuevas tareas.

Quizá nuestro problema no sea exactamente la falta de tiempo, sino su pulverización. Poseemos minutos, pero rara vez poseemos duración. Todo se interrumpe. Todo reclama una respuesta. Todo compite por nuestra atención.

Vivimos sometidos a Cronos, el tiempo que cuenta, mide y devora. Apenas reconocemos a Kairós, el momento oportuno, o a Aión, ese tiempo más amplio que no puede dividirse en unidades de rendimiento, olvidamos que el tiempo al igual que el ser SE DA.

La experiencia contemporánea del tiempo se parece cada vez más a una cinta transportadora. Cada instante debe conducir al siguiente. Cada actividad debe producir algo. Incluso el descanso se convierte en recuperación funcional: descansamos para volver a trabajar.

También el ocio ha sido absorbido por la lógica de la productividad. Leemos para mejorar, viajamos para acumular experiencias, hacemos deporte para optimizarnos y meditamos para rendir más.

Hemos convertido incluso la calma en una técnica de gestión.

La filosofía necesita otra relación con el tiempo. Necesita demora, silencio y continuidad. Necesita que una pregunta permanezca abierta y que no sea inmediatamente reemplazada por la siguiente novedad.

Necesita soportar el vacío.

David Foster Wallace comprendió que el entretenimiento infinito podía convertirse en una forma de dominación. No porque alguien nos obligara a mirar, sino porque nosotros mismos llegaríamos a no soportar la ausencia de estímulo.

El poder ya no necesita prohibir el pensamiento. Le basta con impedir la quietud, el silencio.

La IA como nuevo esclavo

La inteligencia artificial introduce una posibilidad histórica de enorme alcance. Por primera vez, una parte significativa del trabajo intelectual repetitivo puede ser delegada en sistemas no humanos.

La IA redacta, resume, traduce, calcula, clasifica, ordena, compara y automatiza. Realiza en segundos tareas que antes consumían horas.

Podría convertirse, utilizando una comparación deliberadamente provocadora, en el nuevo esclavo tecnológico.

La palabra incomoda porque obliga a mirar hacia el origen material de nuestra tradición. La filosofía antigua necesitó cuerpos humanos sometidos a la necesidad. La automatización contemporánea podría liberar tiempo sin someter a otros seres humanos.

La máquina asumiría la repetición para que nosotros pudiéramos recuperar la atención.

Este sería el núcleo verdaderamente emancipador de la inteligencia artificial. No que piense por nosotros, sino que nos permita volver a pensar. No que produzca cultura, sino que devuelva a los seres humanos las condiciones temporales para crearla.

La IA podría encargarse de la burocracia, la clasificación, la administración y una parte de la producción mecánica. Nosotros podríamos dedicar tiempo a leer sin objetivo, conversar sin agenda, aprender algo inútil, cuidar, pasear o mirar llover.

Podríamos recuperar el derecho a no producir.

Pero nada garantiza que esto vaya a suceder.

La historia de la técnica muestra que el aumento de la productividad no se traduce espontáneamente en una vida más libre. Con frecuencia ocurre lo contrario: cuanto más puede producir una sociedad, más exige producir.

La pregunta decisiva no es qué puede hacer la IA.

La pregunta decisiva es quién se apropiará del tiempo que la IA libere.

La batalla por el tiempo liberado

Si la inteligencia artificial permite que una tarea que antes requería ocho horas se complete en dos, quedan seis horas disponibles. Pero esas horas no pertenecen automáticamente al trabajador.

Pueden convertirse en descanso, educación, cuidado y vida común.

O pueden convertirse en seis horas más de producción.

Ahí se juega el verdadero conflicto político de la automatización.

Si la productividad de la IA queda concentrada en manos de unas pocas empresas, no asistiremos a una nueva edad de oro de la filosofía. Veremos surgir una aristocracia tecnológica propietaria de los sistemas, de los datos y de las infraestructuras, mientras una parte creciente de la población vive bajo nuevas formas de dependencia.

La máquina liberará trabajo, pero no necesariamente liberará trabajadores.

En cambio, si ese incremento de productividad se transforma en reducción de la jornada laboral, seguridad material, acceso universal a la educación y redistribución del tiempo, la inteligencia artificial podría democratizar por primera vez la scholé.

La filosofía dejaría entonces de depender del privilegio.

Durante siglos, pensar fue una actividad reservada a quienes podían retirarse de la necesidad: aristócratas, clérigos, rentistas, profesores o miembros de determinadas élites culturales. La IA podría contribuir a que el tiempo de reflexión dejara de ser patrimonio de unos pocos.

La nueva edad de oro de la filosofía no tendría por qué estar protagonizada por un nuevo Platón. Podría consistir en millones de personas con tiempo suficiente para pensar qué desean hacer con sus vidas.

No sería una edad de grandes nombres, sino de conciencia compartida.

Del privilegio a la conversación pública

La filosofía suele aparecer hoy como una disciplina académica, especializada y encerrada en su propio lenguaje. Pero antes de convertirse en sistema, fue conversación.

Sócrates no escribió tratados. Preguntaba en la plaza.

Una sociedad que dispusiera de más tiempo podría devolver la filosofía al espacio público. No como un conocimiento ornamental, sino como una práctica cotidiana de interrogación.

¿Qué es una vida buena?

¿Cuánto necesitamos para vivir?

¿Qué trabajos deben seguir siendo humanos?

¿Qué estamos dispuestos a delegar?

¿Qué significa cuidar?

¿Qué es la libertad cuando los algoritmos conocen nuestros hábitos?

¿Qué significa actuar por nosotros mismos?

¿Qué es el SER en un mundo donde las máquinas imitan el lenguaje?

Estas preguntas siempre han existido. La diferencia es que la mayoría de las personas rara vez ha tenido tiempo para sostenerlas.

Tal vez la revolución filosófica de la IA no consista en producir nuevas preguntas, sino en extender socialmente la posibilidad de formularlas.

El peligro de la respuesta automática

Existe, sin embargo, un riesgo simétrico.

La inteligencia artificial puede liberar tiempo para pensar, pero también puede ahorrarnos el pensamiento mismo.

Puede asumir tareas rutinarias o puede convertirse en una autoridad a la que deleguemos el juicio. Puede ayudarnos a formular preguntas o acostumbrarnos a recibir respuestas.

La diferencia es crucial.

La filosofía no consiste en acumular información. Tampoco consiste en obtener la respuesta más rápida. Comienza allí donde una respuesta deja de ser suficiente.

Si delegamos en la IA la escritura, el juicio, la interpretación y la decisión, no estaremos liberándonos del trabajo mecánico. Estaremos renunciando a nuestra responsabilidad.

Una máquina puede ordenar argumentos, pero no puede asumir por nosotros el riesgo de elegir. Puede describir distintas concepciones de la justicia, pero no puede vivir las consecuencias de una decisión justa o injusta.

Puede responder qué es la libertad, pero no puede ser libre en nuestro lugar.

El problema no es que la IA llegue a pensar como nosotros. El problema es que nosotros empecemos a pensar como una máquina: de manera previsible, instrumental y sin experiencia.

Heidegger advirtió que el peligro de la técnica no residía únicamente en las máquinas, sino en una forma de revelar el mundo. Bajo el dominio técnico, todo aparece como recurso disponible: la naturaleza como energía, el ser humano como capital y el tiempo como rendimiento.

La IA puede profundizar esa lógica.

Pero también puede hacerla visible.

Podría obligarnos a preguntarnos qué hay en el pensamiento humano que no puede reducirse a cálculo, predicción o combinación lingüística.

Tal vez solo descubramos qué significa pensar cuando una máquina sea capaz de imitar convincentemente nuestros resultados.

Una máquina de preguntas

Podemos utilizar la IA como un oráculo destinado a evitarnos cualquier esfuerzo. O podemos emplearla como un interlocutor que nos devuelva nuestras contradicciones.

Podemos pedirle que escriba por nosotros.

O podemos pedirle que cuestione lo que escribimos.

Podemos usarla para acelerar la producción.

O para liberar una parte de nuestra vida de la exigencia de producir.

Podemos convertirla en una máquina de respuestas.

O en una máquina de preguntas.

Esta última posibilidad es la más filosófica.

No se trata de rechazar la técnica, sino de impedir que la técnica decida silenciosamente qué entendemos por vida. La cuestión no es si utilizaremos inteligencia artificial. La cuestión es qué relación estableceremos con ella y qué clase de seres humanos deseamos ser en su presencia.

La nueva scholé

La promesa más profunda de la inteligencia artificial no consiste en producir más en menos tiempo. Consiste en hacer posible una nueva distribución del tiempo humano.

Durante siglos, la scholé estuvo sostenida por la desigualdad. El ocio creador de unos descansó sobre el trabajo invisible de otros. La automatización podría romper parcialmente esa relación.

Pero solo podría hacerlo si el tiempo liberado se considera un bien común.

Tendremos que elegir entre dos modelos.

En el primero, la IA intensificará la lógica existente. Produciremos más, trabajaremos más deprisa y cada segundo será sometido a medición. Las máquinas no nos liberarán, sino que elevarán el umbral de rendimiento exigido.

En el segundo, la automatización permitirá reducir el trabajo obligatorio, ampliar la educación, reforzar los cuidados y devolver a las personas el derecho a disponer de su propio tiempo.

Solo en este segundo escenario podremos hablar de una nueva edad de oro de la filosofía.

No porque las máquinas vayan a filosofar por nosotros.

Sino porque podrían ayudarnos a recuperar la condición elemental de todo pensamiento: la posibilidad de detenernos.

Tal vez entonces comprendamos que una civilización no progresa únicamente cuando aumenta su capacidad de producir.

Progresa cuando consigue que más seres humanos puedan preguntarse, sin miedo y sin prisa, qué merece realmente la pena producir, conservar o vivir.