Gracias a los dioses —si aún podemos nombrarlos— por cada idea, con cada pensar me asaltan infinidad de dudas, auto-refutaciones y nuevos caminos del pensar. Pensar, al menos para mí, nunca ha sido un ejercicio de afirmación segura, sino de apertura constante.
Y como gracias a mi amigo Andrés, que con su ejemplo me empuja a poner todo esto blanco sobre negro con cierta regularidad allí vamos.
Releyendo a Heidegger, uno acaba dándose cuenta de hasta qué punto la metafísica nos robó el tiempo y la tecnocracia nos está robando el lugar. Me explico. Desde Platón —y con el cristianismo como potente amplificador— se nos impuso una concepción del tiempo lineal, secuencial, histórico, acotado. Un tiempo que, al absolutizarse, empobrece nuestra experiencia temporal y nos conduce a valoraciones parciales y sesgadas de lo que somos.
Heráclito queda reducido a Cronos, mientras que Kairós y Aión son expulsados del horizonte. Tal vez de ahí derive esta prisa universal, esta obsesión por la productividad como valor supremo, esta incapacidad casi patológica para habitar el instante o el ritmo propio de las cosas.
Más tarde, con el surgimiento de los mastodónticos Estados-nación y la dictadura de la tecnocracia —ese positivismo que yo me permitiré llamar excelocracia—, y con la globalización llevada a su forma más radical, no solo se reorganiza el tiempo: se consuma también el expolio del espacio, del lugar. O quizá ya se haya consumado del todo.
Las migraciones, ya sean económicas, políticas, bélicas o climáticas, no son fenómenos naturales en el sentido ingenuo del término. Responden a causas concretas, históricas, estructurales. Sin embargo, una vez producidas, se normalizan, se gestionan, se administran, siempre en nombre de una dominación que, como toda jerarquía, necesita legitimarse.
Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿cómo absorber y acoger esos flujos de personas? Porque a quienes se les ha robado el lugar intentarán, legítimamente, reconstruirlo allí donde lleguen. Trasplantar raíces, cosmovisiones, formas de habitar el mundo. No como gesto de imposición, sino como necesidad ontológica.
El límite —una frontera, un borde, un margen— puede entenderse como una línea de exclusión o como un punto desde el cual ver más allá. Un umbral. Un lugar de contacto donde sea posible sentir al otro, donde se juegue la diferencia sin anularla. Donde aparezca, precisamente, la différance.
Llegados a este punto, la cuestión ya no es solo cómo integrar, sino qué reglas —explícitas o implícitas— estamos dispuestos a establecer para que otros puedan encontrar su lugar en nuestro espacio sin que ello implique la disolución completa de aquello que llamamos, no sin ambigüedad, “nuestra cultura”.
Europa parece estar acercándose a un punto de saturación. Y cuando ese umbral se cruza sin reflexión, sin cuidado y sin pensamiento, la reacción suele adoptar formas conocidas: repliegues identitarios, populismos, extremismos cada vez más amplios y transversales.
Quizá el desafío no consista en cerrar fronteras ni en abrirlas sin más, sino en reaprender a pensar el tiempo y el lugar. A sustraernos, al menos parcialmente, de la tiranía del Cronos productivo y del espacio abstracto. A volver a habitar los umbrales.